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Señoras y señores:
La Plaza de las Tres Culturas, el escenario que hoy nos reúne, sintetiza el drama y la esperanza de nuestra biografía nacional. Es un privilegio que, bajo su espíritu, podamos los militantes de diversas agrupaciones políticas nacionales, solidarizarnos con el conjunto de principios emanados de la sociedad civil que conforman el Acuerdo de Chapultepec.
La presencia del ingeniero Carlos Slim, presidente del Grupo Carso; del ingeniero José Luis Barraza, presidente del Consejo Coordinador Empresarial; del doctor Mario Molina, premio Nóbel de Química y demás distinguidos integrantes de la Comisión de Seguimiento estimula y alienta nuestro encuentro.
Somos una organización de jóvenes que empuña la bandera ideológica de la democracia, que lucha para darle dignidad al ejercicio de la política, que quiere participar con un pensamiento fresco, con manos nuevas y con conciencia limpia en la construcción de un mundo nuevo. Para eso nos organizamos, para luchar por lo que creemos, para interpretar nuestra realidad no con la visión de los vencidos, sino para enriquecer los valores de la dignidad humana y sentirnos menos solos en un mundo insolidario.
Ese es el desafío que nos ha puesto de pie. Luchar contra los excesos de los poderosos que profundizan la pobreza y la desigualdad, para llamar la atención a los que degradan la política buscando el poder por el poder mismo. Transeúnte partida que denuncia la orfandad ideológica, las promesas vanas y las fantasías mediáticas como los recursos supremos de los partidos y de los políticos.
Los que formamos Causa Nueva, nos hemos organizado para ser un factor de crítica y denuncia de esta realidad que no aceptamos. Somos una agrupación política surgida de la sociedad, pero no somos una masa amorfa; tenemos una ideología, unos principios, unos valores, somos por jóvenes una posibilidad.
No podemos predecir el futuro, pero nos preparamos para construirlo a la imagen y semejanza de nuestros sueños. Nos guían los altos valores que desde Hidalgo, Morelos y Juárez trazaron el camino inequívoco de México en el mundo, los mismos ideales, valores y objetivos que dan fortaleza y vigencia imperecedera al texto original de la Constitución de 1917.
Son estos valores, ideales y objetivos que nos vienen de nuestra historia los que proponemos aquí como sustento doctrinario del movimiento que está surgiendo al llamado Acuerdo de Chapultepec; son estos los valores que los jóvenes quisiéramos ver flamear muy alto en las movilizaciones propiciadas por el acuerdo. Las nuevas generaciones tenemos necesidad de creer, el precio que los jóvenes tendrán que pagar por asegurarse un futuro mejor ciertamente es muy alto, no sólo porque las injusticias se profundizan, porque la corrupción galopante nos desmoraliza a todos o porque proliferan las guerras de intervención por cualquier motivo.
Las nuevas angustias surgen por la agresividad creciente de los fundamentalismos y el choque de civilizaciones, o la dramática degradación del medio ambiente, precisamente por eso es significativo que esta noche, en el centro de nuestro encuentro, esté el alegato científico de un mexicano que hace diez años fue galardonado con el Premio Nóbel de Química, el doctor Mario Molina, el tercer Premio Nóbel concedido a un compatriota en reconocimiento a la grandeza de su obra y a la importancia de su contribución en favor de la humanidad.
Don Alfonso García Robles, Premio Nóbel de la Paz en 1982, el más prestigioso de los premios que se otorga a los avances más importantes de la creatividad humana, se reconoció el aporte de un hombre de nuestra patria a la paz entre las naciones y al derecho internacional, proyectando así el pensamiento juarista al rango de pensamiento rector de la convivencia y el entendimiento entre los estados nacionales y los pueblos de la tierra.
Después, en 1990, el premio Nóbel de Literatura otorgado a Octavio Paz, reconoció la grandeza y la profundidad de la legendaria creatividad literaria y poética de nuestro pueblo; y en 1995 el premio Nóbel a Mario Molina y a sus colegas, mostró al mundo que el talento e inteligencia de los mexicanos están presentes también en la exploración de los arcanos y las complejidades de las ciencias más avanzadas como la química, la física, la ingeniería química, la cinética, las reacciones químicas, la fotoquímica, los láseres químicos, la óptica infrarroja, la manipulación de instrumentos electrónicos, etcétera.
Por eso es que en la obra del doctor Molina hay un limpio aporte a la seguridad de toda forma de vida en el planeta y, desde luego, a la salud y el bienestar de la humanidad. Su hallazgo del impacto destructivo de los cloroforocarbonatos sobre la capa de ozono que protege la vida del planeta de las radiaciones ultravioletas no quedó, como suele ocurrir, en la simple constancia académica o sólo en comunicación en revistas especializadas a la reducida comunidad científica; no, el científico mostró que la ciencia pura y los mejores intereses de la sociedad no están reñidos ni son mundos aparte, sino todo lo contrario, mostró que el fin último de todo conocimiento no puede ni debe ser otro que el beneficio de la humanidad.
Sin embargo, es entre nosotros, los mexicanos, donde el esfuerzo y la grandeza del doctor Molina han logrado su mayor impacto. No solamente porque su sola presencia estimula la investigación científica en México, sino porque la obra del doctor Molina muestra que los científicos mexicanos tienen altura suficiente para participar de manera activa en la comunidad científica internacional y que son capaces de alcanzar un reconocimiento a la altura del Premio Nóbel. Pero más importante aún, sin proponérselo, el doctor Molina ha puesto al descubierto, junto con el inmenso potencial científico-tecnológico de nuestra juventud y de nuestra patria, la enorme frustración de ese potencial por las malas o insuficiencias políticas del Estado para cultivar ese potencial y, como se hace en otras partes, convertirlo en la fuerza dinámica del desarrollo que queremos y necesitamos en el competitivo mundo de hoy, pero que sigue siendo nuestra mayor frustración histórica.
Por eso reconocemos y hacemos un homenaje hoy a la presencia siempre estimulante del doctor Molina Henríquez, entre las fuerzas sociales que respaldan e impulsan el Acuerdo de Chapultepec, porque lo vemos plenamente reincorporado a la patria, que necesita las luces de su talento y de su sabiduría, pero más que nada, porque valoramos su vocación social y su profundo interés por el futuro de la patria mexicana, tanto como por el enorme peso moral de su ejemplo y patriotismo.
También México, respetado doctor Molina, como la capa de ozono, tiene sus cloroforocarbonatos, que lo corroen y amenazan con destruirlo. Son contaminantes sociales y políticos, son las políticas equivocadas y el menosprecio por la propia historia. Es la parálisis de la economía, es el descrédito creciente de la política, de los políticos y de todo el sistema político nacional; es el archivamiento de los valores y el malinchismo rampante, que abre las puertas de la patria a la voracidad y a las ambiciones de las fuerzas expansivas que vienen con la globalización y el comercio internacional. Son la corrupción, la impunidad, el narcotráfico, la delincuencia organizada que erosiona a las instituciones, la gobernabilidad y la vida social. Son la pobreza y las extremadas desigualdades sociales que degradan la calidad de vida de los mexicanos y encienden el cuerpo de la nación; entre unos pocos opulentos privilegiados por un lado, y por otro una inmensa mayoría de excluidos condenados a la miseria, a la marginalidad urbana o al degradante éxodo migratorio.
Este es el enorme agujero de nuestra capa de ozono y, como la que usted salvó, esta patria nuestra necesita también la lucha política para gestar e impulsar las decisiones que, congruentes con la ciencia y la tecnología, le devuelvan a nuestra patria el rumbo perdido.
Por todo eso, es que he querido recordar hoy aquí, doctor Molina, el décimo aniversario del Premio Nóbel, para rendir un sincero homenaje a su grandeza intelectual, pero también a la nobleza y profundidad de las convicciones sociales y patrióticas que lo tienen hoy, entre otros, compartiendo una misma batalla por recuperar a México del deterioro, y por abrir un camino ancho para su recuperación, su desarrollo y su grandeza.
En ese espíritu de exaltación de los valores superiores, coincidimos con los objetivos fundamentales del Acuerdo de Chapultepec. Nos alienta la perspectiva de conjuntar las decisiones y la creatividad de todos los sectores sociales por encima de ideologías y militancias partidistas, para llegar a acuerdos que hagan más accesible y previsible el porvenir.
Aspiramos todos, particularmente las nuevas generaciones, a una patria mexicana próspera, unida, fundada en valores, ideales y principios; reconciliada con los sentimientos y el pensamiento de sus fundadores; moralmente reconstruida sobre el sólido fundamento de una cultura profunda, con claridad y firmeza, en su propio rumbo independiente y digno, en la gran aldea mundial que hoy se está formando.
Causa Nueva se suma hoy con entusiasmo a las fuerzas ciudadanas que impulsan el Acuerdo de Chapultepec. Lo hacemos con la certeza de que ese acuerdo surgió de un consenso plural, digno de esta preocupación por el destino de la patria, con propuestas viables para la construcción de la casa, para definir un rumbo aceptable para todos, para unificar a los mexicanos, para abrirle horizontes nuevos a la política y a la patria, y principalmente a la juventud.
Muchas gracias.
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